He leido un artículo de Carlos Herrera (pincha aqui para leerlo) en el que hablaba de cómo Barcelona se ha declarado antitaurina, sólo por diferenciarse de España.

En el artículo, el Herrera se deleitaba así mismo dándole vueltas al arte del toreo, (que visto desde mi óptica, parecía un tanto enfermizo). Al leerlo, no he podido evitar pensar en mi abuelo y en todo lo que disfruta, cuando hay toros en mi pueblo, en Belmez, Córdoba.

Tiene un ritual especial antes de irse. Se ducha, se afeita con su brocha de toda la vida y con la crema que lleva años usando. Tiene un olor característico, el olor de mi abuelo. Se pone su colonia "brunel" sus pantalones de los domingos y una camisa, bien planchada por mi abuela.

Después de acicalarse, busca unos periódicos que se llevará a la plaza para sentarse en las gradas y con todo preparado se va al oscuro salón (en verano, la oscuridad es refrescante), enciende el ventilador y se sienta en su sillón, haciendo tiempo antes de irse.

Creo que hay veces que ni ha encendido la televisión para hacer está espera. Está deseandito salir a la calle, cruzar la Plaza Santo, y bajar Covadonga hasta llegar a la plaza. Me sorprende que, aunque días antes, me ofreciera el acompañarle y se llevara una negativa cómo respuesta; durante esa espera en el salón, como me pille por allí, me lo vuelve a ofrecer, aunque no tenga una entrada de sobra. Le dejo ir a sus toros "en paz", y hasta me descubro una sonrisa en los labios aunque yo me declare antitaurina, mientras lo veo cruzar la calle, porque es mi abuelo y lo quiero. Porque sé que yo ya no puedo hacerlo cambiar, ya me he peleado desde niña con él para hacerle entender que las mujeres no planchamos mejor "por naturaleza" sin ningún resultado visible, solamente quizás, inculcarle la idea de que su nieta "tiene muchos cojones que echarle a la gente".
(Creo que algún día lo acompañaré. Él disfrutará mucho comentando la faena, como un experto, y yo tomaré fotografías para usarlas en un cartel antitaurino.)

A mi abuelo y a mi nos separan 61 años. Él come jamón, la tortilla de patatas que "hace mi abuela", le gustan los toros, va a la Iglesia y añora que las mocitas vayan vestidas de gitana en las fiestas de Nuestra Señora de los Remedios. Yo en cambio soy vegana, antitaurina y animalista, soy agnóstica y estoy en contra de todo aquello que rebaje a la mujer a un estereotipo erróneo, aunque ello arrastre el dejar al lado una tradición.

Las generaciones van renovándose, y me siento orgullosa de poder aceptar lo que siente mi abuelo hacia los toros, o lo que piense de las mujeres, y ser capaz de tolerárselo y amarlo igualmente. Ahora es mi tiempo, el mío y el de mi generación. Es él, el que no me comprende a mí, el que me ve como a una loca.

Por supuesto, hago esta excepción con él, que tiene 84 años. Cuando me topo con alguien joven que defiende los toros me vengo abajo en un primer momento, y después me entra la mala leche típica, mezcla de un extraño instinto maternal con el toro (no me hagais hablar de esto), e impotencia.